Hay algo implícito en la esencia pura de las plantas. En su savia. En su néctar. En sus complejas moléculas que la madre Tierra parece haber moldeado a medida de nuestra cura y sosiego. Como una inteligencia divina que nos hace vibrar. Ya lo manifestó Paracelso: la forma de cada especie preludia sus beneficios. Los pétalos de la rosa se abren como un corazón ansiado de dar y recibir amor. Las raíces del vetiver parecen hundirse para anclarnos a la tierra, asegurándonos que somos parte de un todo interconectado. Y el color violeta de la lavanda resuena con nuestra pineal, el asiento del alma, del llamado “tercer ojo” por las filosofías orientales, el que nos proporciona una visión más allá de lo físico y tangible, por ello nos calma y apacigua.
En la antigüedad, se servían de las especies aromáticas naturales con intención; las resinas, por manar de los árboles cuando se les practicaba una incisión, se pensaba que sanaban las heridas, físicas y espirituales, de ahí su conexión con lo divino. En la India védica y la Persia ancestral, se tenía en cuenta el carácter frío o cálido de las especies aromáticas para equilibrar los humores, los fluidos corporales que según las teorías clásicas conformaban nuestro organismo y así prevenir la enfermedad. Todo tenía sentido. Eran perfumes que iban más allá de su simple cualidad olfativa. Pero una cosa es añadir sin más ingredientes naturales a una composición perfumada y otra, hacer de esa fórmula un elixir con propósito.

Cuando la alemana Tanja Bochnig se lanzó a experimentar el arte de la perfumería natural, sabía que no quería simples jugos botánicos, ansiaba ir más allá, hasta llegar a un concepto: AromaYoga. “AromaYoga es una práctica que une el poder de la respiración, el movimiento y el aroma. A través de mi profunda conexión con el yoga, me di cuenta de la estrecha relación entre la respiración y el olfato, no solo en un sentido fisiológico, sino también en su capacidad para influir en las emociones, pudiendo profundizar en nuestra consciencia, potenciar la relajación y elevar la experiencia a un nivel más energético”, asegura la creadora de los perfumes orgánicos April Aromatics (a la venta en Ecuación Natural).
De este concepto, con brumas casi celestiales que armonizan cada centro energético en sintonía con los asanas, surgió su línea de perfumes. De esos que, debido a su fascinante complejidad, resultan enigmáticos, intrigantes, de compleja explicación. Calling all Angels (incienso, ládano, benjuí, vainilla y especias), uno de mis preferidos, da buena muestra de ello. Inhalarlo te obliga a cerrar los ojos en un intento de asir más profundamente sus facetas resinosas, ambaradas, melosas. Es como entrar en ese estado de ritualidad, de reconexión con uno mismo y con el todo. Casar lo divino y lo profano en una obra aromática maestra. A la zaga le sigue Bohemian Spice, un extracto 100% natural con pachulí añejo de Indonesia, rotundamente terroso y húmedo, de cierto regusto gourmand por el acorde de vainilla –creación única de April Aromatics–, que aporta una fuerte tenacidad a la base y ayuda a mantener las notas de salida y corazón a lo largo del viaje.
Por la misma senda camina Patchouli Clouds (pachulí, rosa, jazmín indio, especias, sándalo e incienso) de Marina Barcenilla Parfums, una verdadera delicia olfativa que se devanea entre notas profundas, cálidas y envolventes. Como si nos cubriera con ese manto de protección olfativa para hacernos sentir que todo está bien. Es una de las creaciones premiadas de la perfumista española afincada en Reino Unido, con un Editor’s Choice en The Beauty Shortlist Awards y premio dentro de la categoría Natural Beauty de The Green Parent Magazine. Marina comenzó con The Perfume Garden, una pequeña enseña de perfumería artesanal 100% natural con el objetivo de retomar las técnicas tradicionales de creación de perfumes involucrándose en cada etapa del proceso, desde la búsqueda de materia prima exótica, inusual o de primera calidad, hasta la composición manual en su propio estudio, con especial hincapié en la creación por encargo y a medida. (Si quieres saber más sobre Marina y la perfumería natural, no te pierdas nuestro fantástico podcast).

Black Osmanthus (osmanto, jazmín, madera de guayaco, ron de las Indias Occidentales, humo de cuero y resinas), otra de mis composiciones preferidas, licorosa, ligeramente empolvada y tremendamente seductora. También premiada, nada menos que con el galardón a la mejor fragancia independiente de The Fragrance Foundation Reino Unido, uno de los máximos referentes de la industria de las fragancias. Un perfume que permite descubrir por qué la perfumería natural, a pesar de su discreta longevidad, es tan rica en matices, facetas y evolución. Mientras que las notas sintéticas permanecen digamos “planas” en su desarrollo, los ingredientes naturales, con su amplio abanico molecular, van desafiando al sentido del olfato en cada fase, en cada segundo de su lapso, desde que emerge hasta que agoniza. Ahí reside la magia. Una verdadera experiencia sensorial.
Porque ese es uno de los grandes hándicaps de la perfumería natural: su fijación y tenacidad, un reto técnico y artístico. Según Tanja de April Aromatics: “Trabajar solo con materiales naturales es un arte y una ciencia. Uno de los mayores desafíos es la longevidad, ya que los perfumes naturales tienden a evolucionar y desvanecerse más rápido que los sintéticos. Utilizo diversos fijadores naturales, como resinas, bálsamos y maderas añejas, para anclar el aroma y prolongar su duración. Si bien los aceites esenciales son un componente fundamental, también trabajo con absolutos, extractos de CO2, rara vez con aislados naturales y tinturas para crear mayor profundidad y complejidad. La belleza de los perfumes naturales reside en su vitalidad; interactúan con la piel de forma única, creando una experiencia olfativa profundamente personal”.
Los perfumes de April Aromatics están enriquecidos con un cristal Herkimer, el que consideran el diamante en bruto, y láminas de oro de 24 k, para potenciar la frecuencia vibratoria del perfume. “Los diamantes Herkimer amplifican todo aquello con lo que entran en contacto, mientras que el oro simboliza la pureza y la conexión divina. Al infusionarse en un perfume, estos elementos influyen sutilmente en el campo energético de quien lo lleva, creando una experiencia más profunda que va más allá de la mera percepción del aroma. Es un concepto arraigado en tradiciones antiguas, donde la fragancia siempre estuvo entrelazada con la sanación y la espiritualidad”, sostiene la creadora.

Hoy asistimos a un renacer de la perfumería natural, nativa u originaria, con versiones que se denominan “curativas”, de beneficios místicos, con ingredientes que antaño se utilizaban en rituales sagrados o chamánicos: palo santo, salvia blanca, cacao ceremonial o hierba dulce, como un hermoso regreso a los orígenes de la perfumería donde la fragancia era un puente entre lo físico y lo inmaterial, lo etéreo y desconocido. Una forma de sanar y transmutar para reconectar espiritualmente. Puede que su auge en la nueva perfumería se deba a ese creciente deseo de ir más allá, “se trata de intención y energía ritual”, asegura Tanja, “cuando se usan con respeto y comprensión, pueden crear una poderosa experiencia sensorial y emocional. Los perfumes verdaderamente sanadores se elaboran con respeto por la naturaleza, la tradición y la energía, no solo como una tendencia de marketing”, concluye.
Y así surgió la chilena 432, con sus jugos místicos y sus tapones escultóricos que rinden pleitesía a una de las materias más arraigantes en perfumería: las maderas. “Los árboles son el interminable esfuerzo de la tierra por hablar al cielo que la escucha”, dijo el filósofo bengalí Rabindranath Tagore. Pero vayamos por partes. Dicen que el mundo vegetal vibra a 432 hercios, del mismo modo que impacta en nuestro campo energético y nos equilibra y sintoniza con el entorno. La llaman la frecuencia de la armonía y la sanación. De ahí su nombre. Pero 432 va más allá. Con su perfumería “mestiza”, que así se llama, Joel Martínez pretende reivindicar la rica herencia aromática de su Chile natal (y aledaños).
“No es perfumería contemporánea, son destilados naturales puros de maderas y botánica de la América austral. Especies autóctonas del Cono Sur”, aclara Aída Guardia, fundadora de Sillage Barcelona, una parada obligatoria si estás en el Gótico de la Ciudad Condal, un espacio que pretende acercarnos las propuestas aromáticas más genuinas, locales y lejanas, pero siempre apuestas con una inusual narrativa olfativa. 432 se define como un puente de conexión íntima entre lo cotidiano y la naturaleza sensual, misteriosa y salvaje que nos rodea. Como verdaderos talismanes olfativos.
Del proyecto de “7 mestizos”, ejemplares numerados y firmados, por el momento podemos degustar tres: Melinka (resinas, musgos de la selva valdiviana, ládano, yerba mate y ciprés destilado en acero y cobre), con su orgulloso tapón cincelado de madera reciclada de ciprés de las Guaitecas, unos árboles centenarios, caídos hace decenas de años en el archipiélago de las Guaitecas, en el Pacífico de la Patagonia. “La mirra de Melinka invita a la introspección”, asegura la fundadora de Sillage, “con su vibra chamánica parece parte de un ritual oscuro y muy conectado con la Naturaleza”. Arrayan Rojo, se define como una “pócima sensual” de matices ambarinos (almizcles naturales, bálsamos, resinas, palo santo y pachulí), “El toque cítrico de su salida le da un punto chispeante, alegre, vivaz”, añade Aída.
Canelo Negro, parece concebido para los más osados. Inspirado en un rito chamánico de humos sagrados a base de tabaco Mapacho amazónico, resina de guayaco de la región del Chaco, ládano y un destilado de madera de Carobá uruguaya. Canelo Negro parte de la especie Drimys winteri –el Canelo chileno–, un árbol sagrado para el pueblo mapuche que representa el Axis Mundi (eje cósmico), el punto de conexión entre el cielo y la tierra. “Es una bomba ahumada con alquitrán de enebro (cade) que en piel se siente brutal, de matices elegantes”, concluye Aída. Algo único capaz de desplegar el salvaje lenguaje de la madre Tierra.
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