Cuando el pintor Paul Gauguin huyó deliberadamente hacia los mares del Sur a finales del XIX, asfixiado por las encorsetadas normas sociales decimonónicas y el materialismo parisino, puede que no fuese muy consciente de la sensualidad decadente que le atraparía en las islas de la Polinesia. Aquellas estampas de cadencia sosegada, preñadas de la sensualidad que solo la “tropicalidad” puede aportar, cambiaron por completo su lenguaje artístico con tonalidades vivas y ambientes irreales, como playas rojas y cielos amarillos, para expresar emociones arraigadas en su ser más profundo.
Una pulsión premeditada hacia el abandonamiento que incluso inspiró un nuevo concepto en terapia psicosocial: el “síndrome Gauguin”, o esa necesidad imperiosa de romper con la rutina en busca de una vida más auténtica, repleta de sencillez en contacto con la naturaleza más salvaje e indómita. Exactamente lo que nos propone la perfumería artística con sus lanzamientos más recientes, coqueteando con la idea de evasión de un mundo hiperconectado pero vacío, desconectado de uno mismo. Interpretando mediante notas el ansia de escapismo y reconexión con el entorno, pero no un entorno cualquiera, sino de atmósferas idílicas, incluso irreales, donde todo parece embriagar los sentidos.
Alcanzar la utopía emocional a través del olfato –ligado al sistema límbico, responsable de procesar emociones y recuerdos–, evocando islas perdidas como vehículo para escapar de la rutina urbana, es lo que pretende la alta perfumería mediante flores solares y narcóticas (jazmín, ylang-ylang, tiaré o frangipani), notas salinas y ozónicas (salitre, brisa y algas), o frutos exóticos y maderas cremosas (coco, vainilla, maracuyá, mango o sándalo). Un cóctel jugoso que no hace falta ni agitar para sumergirnos en sus relatos utópicos a la mínima inhalación.
Mientras Chasing Sunsets de Replica Martin Margiela plantea una cápsula del tiempo con la recreación sensorial de un atardecer idílico en la playa de Ipanema y la bohemia brasileña de los 60, basándose en ese dúo infalible de frutas tropicales (mango) y maderas cremosas que arrebata y transporta; Phaesus de Phaedon Paris, recala en Sumba –la isla del sándalo–, bañada por el Índico, eligiendo la flor de frangipani y el lichi como notas de viaje.

Tahití, la adicción fragante de Francesca Bianchi
A diferencia del pintor, a la autodidacta Francesca Bianchi lo que le inspiró de la Polinesia para formular Gauguin, fue su fragante aroma, ese olor inconfundible del monoï, la maceración tradicional en aceite de coco de los brotes frescos de la flor de tiaré (Gardenia taitensis), endémica del conjunto de archipiélagos y atolones de paisajes abruptos, un frasquito que fue un obsequio y aún atesora como una reliquia. Dulce, solar, lechosa, absolutamente embriagadora, con matices que recuerdan a otras flores blancas, como el jazmín o la tuberosa –flores narcóticas–, pero con tonalidades más cremosas y exóticas.
Mencionar el tiaré es hablar de verano. De estíos eternos sobre arenas blancas, aguas turquesas y brisas fragantes embadurnadas de frutos y flores. Gauguin está repleto de códigos veraniegos, descrito como “floral ambarino y profundamente carnal”, con una salida que exhala la frescura del agua y la brisa marina, con bergamota y aldehídos, luminosa y efervescente, como la luminosidad de los lienzos del pintor antes de adentrarse en la densidad húmeda y sofisticada del trópico.
Gauguin tiene un corazón floral afrodisíaco, con tiaré, ylang-ylang y nardo tuberosa, que evoluciona hacia el ADN de Sex and the Sea, una de las creaciones emblemáticas de la firma, con su fondo aterciopelado y magnético de vainilla, almizcles y tonos ambarinos. Animálico y envolvente, puro filtro de amor.
La versión escapista más bucólica: Carner Barcelona
Sara Carner ideó Isla Bohemia como ese paraje exótico, embaucador y desinhibido de isla perdida pero siempre dentro del contexto mediterráneo, el referente olfativo de la marca y su sello de identidad. Sin ser tan explícito como el hippismo de las Pitiusas, pero lo suficientemente errante como para evocar esa dolce far niente que provocan paisajes bohemios de lujo relajado y tremendamente chic, Isla Bohemia propone un concepto isleño de relajación al anochecer, en chiringuitos elitistas de cócteles de autor donde el tiempo avanza más despacio.
La perfumista detrás de la creación, Nisrine Bouazzaoui, se alejó del tópico de fruta tropical y destellos playeros para concentrarse en una tropicalidad más conceptual, con el contraste helado de la pera de su salida, crujiente y jugosa, combinada con la efervescencia de la bergamota, y un corazón sofisticado con la sedosidad del iris que sirve de puente entre su salida afrutada y el fondo cálido de almizcles limpios, vainilla y sándalo. No huele a selva húmeda ni riachuelos desbocados, sino a oasis secretos de refinamiento discreto.

Malindi, la explosión cítrica y ardiente de New Notes
La vanguardista New Notes se ha decantado por capturar y encapsular el ambiente soleado y desenfadado de la exótica costa swahili de Kenia con Pomelo Malindi, a través de sus huertos de cítricos maduros y el matiz salado de la brisa del Índico. Muchas son las marcas que parecen querer explorar la sensación “helada” en la fragancia en contraste con evoluciones cálidas y dérmicas, un alarde de claroscuro olfativo que se debate entre contrarios: de la frescura y vivacidad de los cítricos con aromáticas como menta y cilantro a la tibieza de las especias, el pachulí y el sándalo.
Pomelo Malindi abre como una explosión helada, un impacto luminoso rebosante de pomelo, yuzu, limón y lima, ácido, casi electrizante, sobre un acorde de “hielo cristalino” de dejes mentolados, como el azote del viento fresco sobre la piel recalentada por el intenso sol africano.
La Riviera francesa, el paraíso sofisticado de Ex Nihilo
Referente indiscutible de las escapadas más oníricas, la luz única de los cielos de la Costa Azul, sus aguas de color zafiro, ocasos magenta y el hipnótico vaivén de los barcos suspendidos en el horizonte, hacen de esta estampa provenzal el referente por antonomasia del escapismo sensorial. La lujosa Ex Nihilo ha querido rendir homenaje a este destino elitista por excelencia con Lust in Paradise, un itinerario olfativo que transita desde la buena vibra playera, con los acentos lactónicos del coco, a la jugosidad acuática del lichi, los almizcles epidérmicos, la peonía blanca y el acorde Petalia que acentúa esa floralidad etérea, aireada, como pétalos inundados de rocío.
Lust in Paradise, a diferencia de las versiones tropicales y paradisíacas, se percibe como una fragancia cristalina, limpia, de piel, con sutiles tonos ambarinos que la vuelven sofisticada y refinada. Una sensación que se transforma en opulencia con su nueva versión extrait de parfum, recién lanzada, una opción más nocturna, la otra cara del lujo estival que permuta la transparencia y frescura diurna por la madurez del absoluto de rosa roja combinado con grosella negra, el picor del jengibre y el rastro misterioso del Akigalawood. Un afrutado-floral nocturno denso y de estela impactante.

El Omán indómito y lúdico de Amouage
La casa de lujo Amouage, siempre fiel a ese Omán que le dio carácter, nos plantea otro escape sensorial que conecta la geografía insólita omaní con tradiciones europeas: Love Hibiscus, un juego de contrastes entre la acidez tropical y la dulzura gourmet de la repostería fina que va más allá de los clásicos gourmand para expresar facetas opuestas, entre la sensualidad de frutas y flores exóticas, el refinamiento del orris y el toque coriáceo del cipriol. Plantea esa tensión entre el acento lúdico tropical y esa salinidad tan de piel, una piel impactada por los destellos soleados del estío y el tórrido ambiente omaní.
Love Hibiscus, evoca la atmósfera densa, húmeda y terrosa de los hibiscales silvestres que decoran la geografía de Oriente Medio. La acidez dulzona de la flor de hibisco se abre al instante, matizada por el toque seco y polvoriento de la raíz de iris, dos impactos contrastados, súbitos y muy perceptibles según comienza la fragancia, que se va atemperando con la jugosidad del maracuyá hasta desvanecerse en el toque gourmet del acorde palmier (palmeritas de hojaldre y mantequilla horneadas), la vainilla y el sándalo. Un pecado indulgente, juguetón y desinhibido que contrarresta la parquedad de la rutina urbana.

Jardines futuristas, la desafiante propuesta de Thomas de Monaco
La marca partió de la idea de un entorno aromático surrealista, con jardines utópicos donde las flores mutan, y la naturaleza se distorsiona por el deje abstracto de las moléculas sintéticas. Ya no se lleva replicar la naturaleza, como ocurrió en los albores del XX, cuando la paleta del perfumista rebosó de notas inéditas, irreconocibles, que permitían la abstracción en perfumería.
Neo Eden no pretende imitar, sino reescribir la narrativa natural, con notas futuristas como el evanescente y acuático Nympheal, y el aromático y herbal Sclarene, un acorde floral etéreo que va adquiriendo calidez por la presencia del cashmeran y el vetiver para plasmar esas atmósferas exuberantes en constante transformación.
De salida fría, ácida y escarchada, con ruibarbo crujiente y melocotón helado, se abre al corazón floral y cremoso de magnolia y mimosa, haciendo que el jugo se antoje lo suficientemente sugerente como para recrear esa idea de exotismo afrutado y cremosidad abstracta de paraísos evocados.
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