Eros jamás se detiene en lo que no tiene flores,
o que las tiene ya marchitas,
ya sea un cuerpo o un alma o cualquier otra cosa;
pero donde encuentra flores y perfumes,
allí fija su morada.
Agatón, El banquete de Platón
“Fue la fruta, y no la serpiente, la verdadera culpable de nuestra caída (…). La fruta sola, fragante, rolliza; húmeda de lluvia o rocío; ebria de madurez; incapaz, a veces, de retener el zumo”, recitaba el poeta cubano Orlando González en “Cuerpos en bandeja. Frutas y erotismo en Cuba” en un intento de describir la relación sensual que los caribeños siempre tuvieron con las frutas. Frutas pornográficas, que parecen imitar con sus formas caprichosas las zonas erógenas de la humanidad, embriagadas de lúbrico placer, preñadas de erotismo, “una metáfora de la sexualidad animal”, que diría Octavio Paz.
Pero es el higo, con su interior húmedo y rosado, repleto de pequeñas semillas, y su forma piriforme y colgante, el antojo botánico que mejor representa la sexualidad de ambos sexos, desde la morfología de la vulva femenina al pendular de los testículos masculinos. Una especie de “firma visual” que la madre Tierra ha parecido imprimir en cada una de sus especies y así preludiar sus virtudes. El higo –símbolo mediterráneo por excelencia–, siempre se asoció a la fertilidad y la reproducción. Algo que la perfumería artística se apropió para idear fecundas composiciones que se debaten entre el hiperrealismo botánico y la lascivia afrutada más irreverente.
Los actuales avances en extracción y síntesis que permiten obtener fragmentos moleculares inéditos, como el matiz más agreste de sus hojas o la lechosidad carnal de su savia, han hecho posible que el higo, según los informes de tendencias, se haya posicionado en 2026 como una de las tendencias más vibrantes en perfumería. Todo comenzó con el clásico acorde higo, meloso y afrutado, cálido como el sol, lo suficientemente verde y aromático como para evocar los terruños de higueras mediterráneas, la luminosidad del estío y las tradiciones, fundiéndose en esa dolce far niente que incita el atardecer costero.
Fue la perfumista Olivia Giacobetti quien, en 1994, en aquellos inicios del “niche” más experimental, introdujo una innovación técnica que permitió un resultado muy fotorrealista de lo que se entendía por la “trinidad del higo”, con los matices dulzones del fruto, el verdor de sus hojas y los tintes amaderados y terrosos de sus ramitas y yemas. Algo realmente complicado, como ocurría con la mayoría de frutas. Un avance que se materializó en Premier Figuier de L’Artisan Parfumeur, un hito en el género que utilizó diversas moléculas sintéticas para recrear esa paz aromática estival tan mediterránea, muy “de piel”, evocando desde el verdor único de sus hojas a la jugosidad del fruto. Una estructura muy equilibrada y casi emocional (no en vano, hay cierta base científica que asegura que los campos de higueras reducen el cortisol y activan el sistema nervioso parasimpático, conduciendo a cierto “escapismo sensorial”).

Pero fue Philosykos de Diptyque (1996) la que consolidó el éxito. Giacobetti perfeccionó su visión, convirtiéndose en referente absoluto del género higo y un best-seller de la marca. Era como una captura “holística” de la higuera silvestre, con la frescura de la savia y una percepción olfativa de hojas trituradas gracias a la molécula Stemone, también presente en las hojas de tomatera. Para acentuar esa cremosidad tan de piel, tan carnal y seductora, utilizó gamma-octalactona y coco, desprovista de esa excesiva tropicalidad que nos llevaría a otros territorios olfativos. Philosykos (amantes de la higuera, en griego) sigue siendo hoy un referente indiscutible.
En 2022 se retomaron estos conceptos llevándolos hacia una mayor sofisticación técnica gracias a ingredientes upcycling y extracción en frío que permitían preservar los volátiles más delicados; un verdadero ejercicio de ingeniería molecular hasta llegar a ese “higo moderno”, que parece debatirse entre lo señorial y lo obsceno. Desde el higo verde y solar a la breva púrpura, madura y lúbrica, hay un abanico aromático interminable para los obsesos de la nota afrutada –posiblemente– más libidinosa del repertorio frutal.
Higos con clase
La faceta más señorial del higo la destilan marcas como la madrileña OTZ Lab con Zagal, la firma bisoña que pretende acostumbrarnos a esos claroscuros de la perfumería, o la osadía de mezclar materias aparentemente inmiscibles. Zagal juega con la calidez “seca” y especiada del azafrán, un oxímoron olfativo que parece casar bien con la cremosidad exuberante de la pulpa de higo, según la percepción del perfumista Gaël Montero, un equilibrio complejo que se debate entre la serenidad y el ímpetu. Un higo vanguardista e imprevisible.

La italiana Bottega Veneta barre para casa con Balliamo, ¡bailemos!, en castellano. Una alegoría a la parte más festiva y lúdica de las noches de verano mediterráneas. Con bergamota prensada a mano, cidra, enebro, mirto, lavanda y acorde de higo blanco Vitessence®, la recreación olfativa de la casa Symrise, una captura ultra realista de la higuera, compleja y tridimensional, astringente, lactónica y terrosa. Una construcción nítida y fiel que añade una nota de higo increíblemente natural pero sofisticada. Como entrelazada en el intrecciato característico de la firma italiana.
Plage du Figuier de Chloé Atelier des Fleurs es la versión romántica del sur de Francia. Donde parece fenecer el Mediterráneo, de carácter provenzal y costero, donde la higuera es habitual junto a mimosas y alepos, gracias al microclima de la Costa Azul, que por alguna razón ha adquirido su nombre. Una composición orquestada por Ane Ayo, nativa de los paisajes mediterráneos norteños, a medio camino entre el Mediterráneo del norte peninsular y el sur de la costa francesa, una privilegiada capaz de capturar los matices únicos de una zona botánicamente favorecida.
El fruto prohibido
Siempre nos han vendido la idea de que el erotismo olfativo era feudo exclusivo de la profundidad desvergonzada de las notas animales, el misterio del acorde ámbar o la opulencia carnal de las flores blancas. Mientras tanto, una corriente clandestina encabezada por la perfumería de autor desenterraba un nuevo fetiche: ese higo maduro y sexual, como la zona anatómica a la que rinde tributo, dulzón y lácteo, capaz de evocar la calidez de la piel en momentos íntimos. Completamente despojado de su pureza botánica y del pedigrí mediterráneo para convertirse en una nota erótica y subversiva.

La casa sueca Carl Kling se obsesionó tanto con este rico fruto que le dedicó sus primeras creaciones ideando un osado experimento conceptual que demostraba que era posible descifrar olfativamente sus dos caras opuestas, su inmensa versatilidad. Así surgió The Fig Collection, de la mano del perfumista Antoine Lie, quien con Dark Fig, nos ofreció otra faceta del higo, más maduro y jugoso, misterioso y seductor. Más sexual. Un higo nocturno como el color de su piel aterciopelada, en negro violáceo, realzado por los tintes amoratados del iris y la violeta, reposado sobre una cama carnal de acorde lácteo y vainilla.
Después llegó la versión sofisticada y erótica del fruto prohibido: Figue Érotique de Tom Ford, centrado en la rara variedad “Kadota”, valorada por sus matices florales, cremosos y salinos, con una pizca de sal y absoluto de ylang-ylang para reforzar esa idea táctil, carnal, de sudor sobre la piel. Su base, con un acorde de azúcar muscovado, los acentos resinosos del olíbano y el benjuí, y la humedad terrosa del pachulí y el vetiver, lo hacen absolutamente adictivo. Un higo “muy Tom” experimentado en el arte de convertir las frutas jugosas en elixires provocadores (léase Lost Cherry o Bitter Peach).
Aunque nadie provoca más que Jun Lim –el niño rebelde de la perfumería artística– con su insurrecta Borntostandout®, la casa coreana creada como una invitación directa a la tentación. A la provocación en mayúsculas. Con Fig Porn juega al despiste al inicio, cándida y correcta, limpia, con su salida inocente de bergamota, higo y pera, luminosa y chispeante como las versiones más puristas del higo mediterráneo, pero si la dejas que repose, se va ensuciando en su evolución hasta llegar a sus capas más carnales con vainilla, sándalo y un acorde de almizcles blancos con acentos cremosos que simula de forma realista el olor de la piel limpia, cálida, sudorosa.
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