¿Qué es realmente el ámbar? ¿Es animal o vegetal? Si el vegetal “no huele”, ¿por qué se recrea su olor en perfumería? Estas y otras muchas polémicas surgen en torno a una de las sustancias más costosas y veneradas en perfumería. Quién es quién y por qué comparten el mismo nombre es una cuestión polisémica que aquí se tratará de esclarecer. Todo comenzó en la antigua Roma cuando a las resinas o “jugos” que supuraban las cortezas de las coníferas los llamaron succinum (del latín succus; “savia, jugo o resina”). El naturalista Plinio observó que esta sustancia caía en forma de lágrimas y se endurecía muy rápido por la acción del oxígeno o el agua, atrapando en su interior todo cuanto encontraba a su paso, desde insectos a ramitas, y cuando las grandes mareas batían las costas, caían al mar en pedazos endurecidos sin llegar al fondo; es decir, flotaban.
Los árabes lo llamaron anbar: “lo que flota en el mar”, equiparándolo a la valiosa sustancia marina –la secreción intestinal proveniente del cachalote–, que se solía encontrar flotando en las costas. Ambas flotaban y eran aromáticas, a pesar de que muchos piensen que el ámbar fosilizado nunca tuvo aroma. Algo muy lejos de la realidad. Como toda resina, tiene una rica y profunda fragancia cuando es fresca. Un olor que mantiene al solidificarse solo si es quemada. No en vano, en la antigüedad, estos pedazos duros y dorados como el sol, formaban parte de inciensos sagrados. Se pensaba que cuando combustionaban, su olor cambiaba la energía del entorno, que protegía contra el mal y atraía la buena fortuna, confirmando así su carácter apotropaico.
Fue la razón por la que esos pedazos compactos y áureos de sugerente fragancia, fueran engastados como piezas valiosas de joyería, como talismanes fragantes, un escudo olfativo que mantendría el mal alejado. Pero terminó siendo su color el que se apropió del sentido del término –ámbar–. Una acepción que sugería calidez, sensualidad y confort debido a las notas balsámicas resinosas, como el fósil en el que se inspiraba. A partir de ese momento, las cosas se definían como de “color ámbar”, independientemente de su perfume.
Fue tal la confusión, que hubo que ponerles apellido. “Gris” parecía el más propicio para las exudaciones del cetáceo que, por una misteriosa alquimia natural, de su original tonalidad negra, viscosa y maloliente, se transformaba en pedazos endurecidos, cerosos, que iban virando del negro al gris claro, y cuanto más tiempo en contacto con el sol, la sal y el mar, más blanquecinos se volvían (los de mayor calidad), desprovistos ya de sus tintes acres y excesivamente fecales para revelar sus tonalidades sutiles, complejas, yodadas y ligeramente dulzonas.
De fósil a recreación olfativa
Había algo tan misterioso en la resina que parecía albergar en su interior al mismísimo Helios, que los fabricantes de sustancias aromáticas de finales del XIX decidieron rendirle pleitesía inventando el “acorde ámbar”, más influenciados por lo que inspiraba su radiante tonalidad que en el genuino olor de la resina fresca. El pionero fue el químico Georges De Laire, cuando comenzó a experimentar con aquellas incipientes moléculas sintéticas que tantas dudas generaban en los perfumistas tradicionales. Lo que hizo el astuto de Georges para poder comercializar aquella bisoña materia prima de la que nadie se fiaba, fue combinarla con ingredientes naturales, descubriendo que lejos de entrar en liza, se hermanaban y potenciaban, dando lugar a experiencias olfativas completamente nuevas.
La vainillina, aislada por primera vez en 1858 por el químico Théodore Nicolas Gobley, comercializada años más tarde por Tiemann y Haarmann –curiosamente a partir de la coniferina, la resina presente en la corteza de ciertos pinos– fue el punto de partida de De Laire para idear Ambre 83, quien ingeniosamente combinó con resina de ládano natural –curiosamente también, denominada en ocasiones “ámbar dulce”–. La base clásica más tarde denominada “oriental” ya estaba en marcha, tan potente y disruptiva, que dio vida al primer perfume abstracto de la Historia: Jicky de Guerlain (1889).
Ambre 83 era una base tan rica y compleja que era un perfume en sí mismo. La columna vertebral de la fragancia, capaz de otorgarle personalidad. El ládano fue acompañado de bálsamo de Tolú, benjuí, estoraque, animálicos, pachulí y vetiver, para redondear con ese carácter terroso, amaderado y húmedo tan característico de estas notas. Desde entonces, la combinación de la lechosa vainilla, el balsámico benjuí y el animálico y coriáceo ládano, se convirtió en la terna clásica del acorde ámbar; un fondo oscuro y misterioso con una capacidad de fijación exxtraordinaria.
Todo transitaba en torno a la calidez de transmitía el ámbar de color “ámbar”, el fosilizado, el revestido de aquella aura mística que sedujo a los antiguos; no al ámbar gris, como muchos piensan. Aquel ensamblaje de notas dio lugar a un acorde muy armonioso con una estela rutilante, dulzona y cálida. Era balsámico y meloso, complejo y texturizado, capaz de realzar la intensidad y durabilidad de las notas a las que acompañaba.

El nacimiento de un mito: Ambre Antique de Coty
Años más tarde, la casa londinense P. Samuelson & Co., especializada en esencias y materiales finos para la alta perfumería, en uno de esos “felices” deslices de laboratorio logró aportar un efecto chispeante y ligeramente ácido a la calidez gourmand de la vainillina al mezclarse accidentalmente con bergamota. Este acorde fortuito lo combinó con sobredosis de resinas, especias y sándalo Mysore bautizándola como Ambreine S. Suponía una evolución de la composición de De Laire, mucho más luminosa, despojada de sus matices empalagosos.
La elevada volatilidad de la bergamota arrastraba hacia la salida los tintes cremosos y gastronómicos de la vainillina, logrando una transición suave y armónica hasta esa “base oculta” del fondo, que desplegaba toda su magia tras horas de secado en la piel. En ese momento, comienzos del siglo XX, pocos perfumistas se atrevían a innovar con los nuevos materiales derivados de la química, salvo un François Coty, astuto y visionario, que pronto intuyó el enorme potencial de estas complejas creaciones.
El punto de partida de la base Ambreine S fue L’Origan, uno de los primeros éxitos del perfumista después de La Rose Jacqueminot, donde el acorde ambarino no fue protagonista, sino que operó en segundo plano, para relajar la sensación punzante, especiada y ligeramente empolvada del clavel, la flor protagonista de otra de las grandes bases de la época: Dianthine, de Chuif Naef Firmenich. Fue en ese mismo año, 1905, cuando Coty, fascinado por los matices olfativos y la excelente fijación que aportaba la base de Samuelson, decidió crear un perfume que girara por completo en torno al acorde ámbar: Ambre Antique, un ámbar “antiguo” donde la base era la estrella indiscutible de la fórmula, su bastión. Esto le hizo merecer la categoría de primer perfume de la historia construido con el ámbar puro como protagonista absoluto.
Estos acordes sensuales, sugerentes y de alta carga erótica fueron habituales en los perfumes de los albores del XX. Eran tan “exóticos”, que fueron esenciales para construir las fórmulas orientalizadas, por esa idea evocada del Oriente cálido y opulento. Hoy parece imposible disociar la idea del olor ámbar sin rememorar las creaciones de Coty. Por esta razón, con el objetivo de revivir y honrar el rico legado histórico del perfumista, el grupo Coty, coincidiendo con el 120 aniversario de la corporación, lanzó Infiniment Coty, una nueva colección de fragancias asentada en el sector nicho, muy arraigada en la tecnología más puntera, como Molecular Aura, que amplifica la estela del perfume hasta 30 horas sin perder su intensidad, según declara la marca.
Infiniment Coty, rescató el patrimonio vanguardista de la marca hurgando en las cajas fuertes donde se encontraba la fórmula original de Ambre Antique. Fue gracias a Symrise, el gigante alemán productor de esencias, legataria de las recetas secretas de De Laire y Samuelson, preservadas durante todos estos años. Así surgió esta edición limitada de 1905 frascos numerados y grabados rindiendo homenaje al año de lanzamiento. Una pieza de colección cuyo frasco evoca las filigranas clasicistas del frasco original de René Lalique. Una joya olfativa que se mantiene fiel al olor del original, compuesto con absoluta fidelidad a la receta original.

Ámbares de otras latitudes
A pesar de asociar inconscientemente el carácter sensual del acorde ámbar al Oriente más exquisito, la perfumería artística moderna parece intentar derrocar ese cliché presentando opciones ambarinas genuinas ancladas a otras latitudes. Amber Kiso de D.S. & Durga, es un ámbar boscoso que recoge la humedad balsámica y amaderada de los bosques ancestrales japoneses. Lejos de exudar voluptuosidad, exhala una espiritualidad profunda creando atmósferas serenas y limpias, de cariz ceremonial. La versión más insólita de ámbar sagrado. con madera hinoki –el ciprés japonés–, humo de incienso, raíz de iris y pachulí, para dotarlo de esos aspectos astringentes, húmedos y terrosos, agrestes, como de sotobosque. Rematado con un fondo centrado en el acorde ámbar. Absolutamente solemne e introspectivo.
Amber K de Ella K, es una delicia olfativa refinada que recoge los matices envolventes y sensuales del Caribe. La cremosidad dulzona de la vainilla y los tonos reconfortantes del cacao, obtenidos con absoluta fidelidad al aroma original gracias a la tecnología Scent Trek®, el método portátil que captura y registra la huella olfativa exacta de la materia aromática sin dañarla. El incienso y el haba tonka aportan al conjunto el gusto balsámico de los ámbares genuinos, dando como resultado un jugo entre erótico y magnético, muy adictivo.
Amber K es el referente indudable de todos los ámbares. El puente entre el ámbar dorado, ese acorde cálido balsámico y especiado, y el ámbar gris, debido al Ambrofix, el nombre comercial registrado por Givaudan para el ambroxan, la versión sintética de la sustancia animal esencial en perfumería.
Del ámbar “gris” al ambroxan
Para encontrar en la historia ese referente indiscutible de ámbar gris natural, la sustancia más codiciada del cachalote, nos tendríamos que remontar a la perfumería árabe antigua y sus ghaliyas o “algalias”, aquellas mezclas de base oleosa donde maceraban ricas sustancias como el oud de Campoya y pedazos de ámbar, almizcle o civeta. Era una perfumería intensa, muy animálica, que endulzaban con trazas de rosa de Damasco o flor de azahar. Aunque de larga data en las farmacopeas asiáticas, como la China, debido a sus innumerables cualidades medicinales, el ámbar gris fue esencial en las recetas árabes medievales que fue evolucionando hasta el ecuador del XVIII, donde el cambio de gustos y las nuevas normas higiénicas lo sustituyeron por las cándidas flores.
Fue la sustancia aromática que definió la antigüedad, presente en guantes perfumados, pomas de olor o tinturas para aportar esa aura de alto estatus y librarse del efecto nocivo de los miasmas. Hasta que fue despojado de su trono, acusado de símbolo decadente de una sociedad más decadente aún. Aunque su obtención no implicaba maltrato animal pues se recolectaba de las masas compactas que quedaban flotando en las playas, se prohibió su comercio para evitar la posible caza furtiva de los cetáceos que lo producían, en un intento de forzar su comercio.

¿Por qué surgió la confusión terminológica? A nivel molecular, la transformación del pestilente ámbar gris fresco al blanco aromático y refinado por la acción del mar y el sol se debe a un proceso de degradación oxidativa de su molécula más carismática, la ambreína, densa y sin volatilidad, por tanto, no perceptible por el olfato. La acción del tiempo y los fenómenos naturales termina despojándola de sus matices fecales fragmentándola en otras moléculas: ambroxilo o ambrox, la responsable de sus tonalidades jabonosas y amaderadas; la ambrinola –la más difícil de replicar–, animálica, yodada y terrosa; y la dihidroinona, con sus facetas dulzonas y empolvadas, similares a la violeta.
Esa ambreína, la molécula clave de las facetas complejas del ámbar gris, fue la misma terminología que utilizó Samuelson para nominar su base artística, de fantasía, centrada en la calidez de la vainilla, las resinas y las especias –nada que ver–, pero muy atrayente a nivel comercial por ser la derivación de “ambre”, en francés, un cuño que le aportaba esa pátina de prestigio tan aspiracional. Fue culpable de una confusión lingüística que traspasó las fronteras del tiempo. Así, a mediados del XX, el gigante de materia prima para perfumería Firmenich, logró sintetizar el óxido de ambroxilo, una molécula revolucionaria que se bautizó como “ambroxán”, la alternativa sintética que imitaba el complejo aroma de la sustancia animal.
Y todo lo demás, es historia… Necesitaríamos miles de páginas para citar las fragancias emblemáticas construidas con ambroxán. Presente en el 70-80% de las creaciones lanzadas en los últimos 15 años por varias cuestiones cruciales: es el fijador por excelencia, en dosis mínimas, actúa como un verdadero “pegamento” molecular, ampliando la estela de las sustancias aromáticas. Añade tridimensionalidad, sus complejas facetas forman una red alrededor del cuerpo que se van desplazando con el movimiento generando una estela que se percibe a distancia. Su sobredosis ha constituido una auténtica “firma artística” de muchos perfumistas o marcas.
Solo hay una que logró hacer de esta nota la protagonista absoluta de la fórmula, el perfume que expresa con mayor fidelidad el efecto aterciopelado del ambroxán: Molecule 02 de Escentric Molecules (2008), ideado por el alemán Geza Schoen y orquestado en torno a esa única molécula, ambroxán puro disuelto en alcohol, rompiendo las reglas de la pirámide olfativa clásica. Es de esas fragancias que juegan al despiste sin ser percibida cuando es atomizada, pero va cobrando vida en contacto con el calor de la piel expresando todo su esplendor. Con dejes amaderados, minerales y salados, evoca una sensación de piel limpia, sensual, haciéndose cada vez más atractiva pues funciona por ráfagas. Una revolución olfativa que puso sobre la mesa una alternativa a la perfumería tradicional: el minimalismo molecular.
La locura por los ámbares arrasó poco después el ámbito nicho con los denominados “superambres”, como ambrocenide, ambermax o ambre xtreme, citando como referente indiscutible Erba Pura de Xerjoff, una explosión de frutas exóticas que son propulsadas por el ambrocenide, logrando una persistencia extrema, indestructible, que incluso dura días sobre la ropa. Otro referente interesante en este sentido es Kirké de Tiziana Terenzi, con sobredosis de fruta de la pasión, durazno, pera, frutos rojos y súper ámbares; explosiva, opulenta y radiante que se proyecta a metros de distancia.
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