La primera vez que vi a Pedro (Piotr Rybaczek es su verdadero nombre, pero de pronunciación algo arisca para un hispano hablante poco versado en el poliglotismo. Mucho mejor Pedro, a secas), yo cubría como periodista la novena edición de Pitti Fragranze (Florencia). Me conquistó su ácido sentido del humor y esa facilidad de conversación que nos podía mantener ajenos al entorno durante horas. A él le gustan los pájaros y a mí los peces (#piscis); le fascinan los broches pendiendo de sus camisas, yo soy más de gargantillas como pecheras protectoras; pero compartíamos al menos tres aficiones: disfrutar de una copa de buen vino, charlar y reír sobre los temas más variopintos y, por supuesto, la pasión por los perfumes raros y únicos, de esos que te menean el alma.

Pedro es como un loco niño de aires aristocráticos. Loco, porque su creatividad poco convencional e ideas extravagantes no tienen límites; niño, porque conserva esa sensibilidad, estímulo e ilusión sin cortapisas; de aires aristocráticos, él se mofa pero se le atribuye una genealogía un tanto de postín que, sea cierta o no, claramente se deja entrever en su exquisito trato.
Por aquel entonces, Pedro regentaba un curioso espacio en el barrio gótico de Barcelona: La Basílica Galería, un totum revolutum nada caótico y muy curado que te atrapaba desde el segundo 1 que ponías el pie en la tienda. Joyas, accesorios, objetos de arte… Como muchos lo denominan, un cuarto de las maravillas que expresa muy bien la compleja y rica personalidad de Pedro. Aproveché uno de mis viajes para acercarme y conocer la parte dedicada a perfumes de autor que Pedro abrió justo enfrente de la primera tienda. Para una curiosa del perfume como yo, aquello supuso un momento de hiperventilación. Pedro es de esos que apuestan, que se arriesgan, y esa cualidad se veía reflejada en la selección de marcas que se exponían.

Detalles que me gustaron, como las copas capadas cubriendo cada perfume para poder apreciar en nariz todos los matices del aroma; marcas en exclusiva, nada conocidas en España, con reseñas sorprendentes que cautivaban a poco que rozasen la mucosa olfatoria. Era de esos sitios que te calaban dejando una huella difícil de difuminar. Siempre pensé, por qué no habrá un espacio así en Madrid… Al cabo de los años, Pedro me alegró con una gran noticia: quería abrir una Basílica en Madrid. Barajaba la zona de Huertas pero no daba con el espacio adecuado que casara al 100% con su concepto. Pero todo en la vida tiene su momento oportuno. Y para Pedro y su aventura madrileña ha sido abril de 2018, fecha en la que (por fin) se hizo realidad su esperado sueño.

El lugar elegido ha sido el número 12 de la calle Príncipe. Me mataba la curiosidad así que pregunté a Pedro:
C.B.: ¿Por qué la calle Príncipe?
P.R.: “Porque está cerca de dos lugares que me fascinan de Madrid: el Museo del Prado y el Jardín Botánico. Apareció este local y dije… ¡Wow! No te lo pienses. He luchado mucho para conseguirlo, pero aquí estamos.
C.B.: Sorpréndenos. ¿Qué últimas marcas o productos has incorporado?
P.R.: ¡Uf!, hay tanto… Tenemos 110 marcas, algunas van cambiando, hay que priorizar, no hay tanto espacio. Hemos introducido Beaufort London, ¡maravillosa! Coquillete Paris, están haciendo cosas increíbles, muy recomendable. Y no puedo dejar de mencionar Mad et Len, siempre un referente para nosotros, hace años estuvo en España pero no tenía tanto volumen de venta como otros perfumes más populares y las tiendas dejaron de comprarla. Nosotros la recuperamos, apostamos por ella desde el principio. Ricardo Ramos, español (de Granada), un tipo que te gusta o no, no tiene pelos en la lengua, pero sus perfumes son increíbles, ahora está trabajando en un cítrico con una materia prima de calidad extraordinaria.
C.B.: ¿Cómo detectar si un perfume es de calidad?
P.R.: Hmm… Es algo muy personal. A la hora de elegir perfumes, hay ciertas cosas que siempre tengo en cuenta. Primero, nunca me fijo en el packaging, está bien que sea bonito pero no ha de ser lo esencial. Nosotros solo exponemos los frascos, nunca las cajas. Segundo, cuando lo hueles y sientes que te envuelve. No vendo best-sellers porque no me gustan. Tercero, puedes probarlo en la lengua, ¡la saliva es nuestra protección!, si un perfume es bueno, no te va a hacer daño…
C.B.: ¿Nicho o de autor?
P.R.: de autor. Queda mejor en francés, parfum artisan, la traducción al español no es muy acertada, pero mejor “de autor”.
C.B.: ¿No te da la sensación de que todos los que antes se denominaban “nicho” ahora se están quitando la etiqueta? Pienso que se está desvirtuando lo nicho, está perdiendo su esencia original.
P.R.: Sí. Los que se fueron al lado comercial fracasaron. Se está depurando el concepto.
C.B.: ¿Qué es lo último que has descubierto que te ha sorprendido?
P.R.: unos chicos de Barcelona han hecho un perfume para surferos. No lo tengo porque todavía no he contactado con ellos. Solo tienen ese perfume. Buenísimo. Tiene algo tan mágico… Cuando lo olí me imaginé con una tabla de surf y yo no soy de los que se bañan en el mar… También me ha sorprendido Nudiflorum, el nuevo de Nasomatto. Creo que le faltaba un perfume a la altura de Black Afgano (su éxito de ventas) que no tuviera un punto tan masculino, y este nuevo lo consigue.
C.B.: agita tu bola mágica… Según tu pálpito o intuición, ¿qué futuro le auguras a la perfumería de autor?
P.R.: muy prometedor. Se ha visto cómo grandes marcas o grupos han adquirido firmas nicho y no está funcionado. Si apostamos por cosas diferentes, arriesgando y no limitándonos a las marcas más vendidas, es muy esperanzador. Por ejemplo, nosotros, tenemos marcas de las que vendemos 5 o 6 perfumes al día, nos podríamos limitar a tener solo ese tipo de marcas, sería más rentable, pero no te puedes quedar con eso… Hay que arriesgar. Se están haciendo cosas muy interesantes que pronto veremos.
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