Ubicar la génesis del perfume, entendido como esa sustancia aromática elaborada para ofrecer un olor agradable, pasa por bucear entre los miasmas. Muchos sitúan el germen de la fragancia en esa necesidad de aniquilar el hedor social. Buen y mal olor son partes consustanciales del todo. Como el yin y el yang o la luna y el sol, elementos intrínsecos del ciclo eterno, como un proceso dármico que dibuja el trazo infinito de un Ensō zen. Historia del Perfume. Ed. Catarata.
“Achicar la fetidez” por medio del buen olor, se convirtió en el objetivo de médicos, filósofos y alquimistas que partían de la teoría de que, el perfume, equilibraba los “humores” humanos y restauraba el bienestar corporal, por la volatilidad de sus moléculas y porque, al inhalarlas, iban directas al cerebro ejerciendo ipso facto su acción terapéutica.
Pero el origen del perfume, al menos por su acepción latina: per-fumum, “por o a través del humo”, tuvo un fundamento divino. Esos hilillos aromáticos que se dirigían sin distracción directos a los cielos, parecían tener una función clara: elevar las peticiones y ofrendas de los mortales al reino divino, reclamar sus respuestas, asegurándose la protección sagrada. El perfume “deificaba” a los humanos, pensó el poeta griego Homero.
Hinduistas, budistas, animistas, sintoístas, musulmanes o católicos, recurrían a la combustión de resinas y maderas aromáticas para rendir culto a sus deidades. La demanda de resinas fue tal, que las rutas comerciales para poder despacharlas se convirtieron en el negocio más lucrativo de la Antigüedad. Olíbano, bálsamo y mirra de Arabia al resto del Mediterráneo y Asia. Almizcle puro de los Himalayas a China. Madera de agar de India a China y Arabia. Un tejemaneje comercial que se empezó a complicar con las expediciones hispanas y portuguesas a nuevos mundos inexplorados de donde salieron la plumeria, la vainilla o el copal para ampliar el arsenal perfumado.
Los venecianos se hicieron con el dominio de las fronteras en alianza con los musulmanes y Marco Polo regaló a Europa el legado del profundo conocimiento de Oriente y todo lo que tenía que aportar. Hacer de las resinas, especias, ingredientes animales y botánicos lo más valioso y sagrado que el mundo podía ofrecer, hizo que el perfume, solo estuviese reservado a sacerdotes, reyes y las más altas esferas sociales.
Esto es tan solo un burdo resumen de Historia del perfume, relatos olfativos del pasado. Clara Buedo. Madrid, 2024. Ed. Libros Catarata. Con la sabia perspectiva que siempre ofrece el tiempo, me siento afortunada de haber encarado este proyecto, toda una responsabilidad, teniendo en cuenta que se trata de “Historia” y de la materia que amo profundamente, gracias a mi profesión. La ardua labor de documentación e investigación, me hizo entender el origen y la evolución de todo. Entender el por qué estamos donde estamos y qué nos queda por descubrir, teniendo en cuenta la consecuencia lógica de las cosas.

Hace unos años hubiera entendido L’Or de Louis de Arquiste, como una profunda investigación de mi buen amigo Carlos Huber sobre Versalles y las excentricidades de Luis XIV, el rey Sol, que presumía de invernadero calentando los árboles para que emanaran su reconfortante aroma. Sin embargo, ahora puedo entender esa obsesión del monarca por los naranjos y la fragancia de su exquisita flor, aquejado de migrañas por el enmarañado olor que desprendía el mítico Versalles. El complejo palaciego, se erigió sobre un antiguo pantanal con los olores a cloaca que ello conllevaba. Más los orines y desechos fecales que la nobleza iba soltando a su paso, hacían de la joya francesa, un lugar intransitable.
Ello propició el uso y abuso de perfume. Perfume intenso para aplacar la hediondez. Tan intenso, que desbarataron las fosas nasales del rey, tras lo cual solo podía soportar el sanador aroma de la flor de naranjo que sus médicos le prescribían. Su obsesión fue tal, que hizo hueco en sus excelsos jardines a su venerable L’Orangerie, un “naranjal” con especies traídas de todos los confines del planeta Tierra.
También fui consciente de las infinitas variedades de jazmín de India y de una de las ciudades donde su cultivo es mítico: Madurai, la ciudad del estado de Tamil Nadu.
Bajo la bochornosa alborada de Madurai, manos diestras escarban entre el follaje de arbustos fragantes para encontrar esas diminutas estrellas blancas, los capullos aún clausurados de Jasminum auriculatum, los cenicientos y aterciopelados retoños de una de las especies de jazmín más raras del elenco de flores narcóticas, que solo se encuentra en este pretérito enclave del estado de Tamil Nadu. Los cosecheros se afanan en el crepúsculo, cuando el embriagador aroma del jazmín es nítido y acaparador, antes de despuntar el alba, para extraer su extracto más preciado, el alma de la flor. El dulce Madurai Malli, como se define en tamil, antaño ofrenda de dioses polimembrados y tonalidades abigarradas, se dispone en fragantes guirnaldas tejidas por dedos gráciles que hoy yacen amontonadas entre la algarabía y la colorida atmósfera de los mercados de flores indios. Op. cit.

Y entonces, di mayor valor a Malli Insolite de LilaNur Parfums una composición creada en honor a la radiante flor de jazmín, venerada en toda India como un símbolo místico del amor y la belleza. Un fragante recordatorio de lo estrechamente entrelazados que están lo cotidiano y lo divino. Un proyecto, por cierto, que pretende preservar los attars, la tradición olfativa única de India, utilizados durante siglos para perfumar el cuerpo y elevar el alma. Una hazaña que, además, está liderada por Anita Lal, fundadora de Good Earth, una de las cadenas de tiendas en India que más visité cuando descubrí mi país preferido (sin duda), erigidas para preservar la cultura rajastaní con sus míticos estampados “en bloque” o los motivos ornamentales característicos de la era Mughal, la época gloriosa de los havelis, la riqueza y exotismo del adorno y la magia del attar. Siempre el attar…
Pero se podría decir que el attar es a India lo que el Kyphi al Egipto faraónico. Quizás, una de las fórmulas más esotéricas y misteriosas de todo el elenco aromático histórico con la que me he topado. Que para eso solo la podía componer el sacerdote bajo un estricto protocolo de soles y lunas, de conjuros y tiempos de cocción. Kyphi –el incienso sagrado del templo y perfume ritual–, por esa aura mística de la que siempre ha presumido, ha fascinado a propios y extraños. A sincrónicos y diacrónicos. Hasta el punto de querer replicar su fórmula, grabada en los muros de Edfu y las enclenques páginas del papiro de Ebers. Kyphi es confuso, quizá por ello suscite más misterio. Hay múltiples recetas con ingredientes diversos, muchos de ellos, ya extintos. Se podría decir que construir hoy la auténtica receta de kyphi, sería misión imposible.

Pero algunas marcas lo han intentado. Como The Merchant of Venice y su proyecto especial Queen of the Night, un lujoso perfume concentrado, con su flamante loto azul en las notas de salida, la flor de la que se dice salió Nefertum, el dios de los perfumes egipcio, y un sugerente “acorde Kyphi” en las de corazón, con la sempiterna mirra en la base, ubicua en las creaciones dinásticas y obsesión de la reina Hatshepsut, pretende recrear lo que podría haber sido aquel flamante compuesto aromático, que trascendió la Historia, sin pena y con mucha gloria.
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