Intentar describir a qué huele el verano de forma objetiva, sin que intervengan condicionantes como el coco y el tiaré de los aftersun o la estela de las flores estivales mecidas por la brisa, requiere de mucha observación, intuición y grandes dosis de imaginación. Pero lo cierto es que el verano huele. Y su olor muta según transcurre el día. Desde el matiz luminoso y “endorfínico” de los primeros rayos solares, la estela ígnea del ecuador del día, a los balsámicos y sensuales tonos del ocaso, descifrar cada momento olfativamente, implica destreza.
Ahí radica la genialidad del perfumista. Capaz de dar forma con notas e ingredientes a esos momentos de absoluto hedonismo. Aquí, lo más interesante.

Perseus de Parfums de Marly, un rocío de luz solar
Transportarnos al verano de una sola inhalación, ha sido uno de los objetivos más perseguidos por marcas y narices que idearon el “acorde solar” para dar fuerza y chispa a esas creaciones veraniegas que nos hacían sentir como besados por el astro rey. Unas composiciones donde los cítricos y su revitalizante color dominaban la escena. ¿El problema? Su volatilidad los hacía efímeros. Hasta que Parfums de Marly se propuso hacerlos longevos e ideó Perseus, una composición capaz de resistir las horas, que no entiende de géneros ni pH de piel.
La clave ha sido dejar reposar esos cítricos (pomelo rosa, bergamota, mandarina verde) sobre una cama de aromáticas raíces (vetiver) y persistentes y cremosas maderas (cachemira), añadiendo la tenacidad de las notas animales como el ámbar gris. El resultado es una amalgama que se debate entre la frescura afrutada, la terrosidad mundana y la solidez de las maderas y los animálicos, lo que confiere empaque y longlasting a esta fragancia que, curiosamente, huele igual en todas las pieles.
Perseus abre ufano, en esa algarabía fresca y efervescente de los frutos mediterráneos, para evolucionar en la seguridad y quietud de las raíces perfumadas y las maderas aromáticas. Una declinación aparentemente masculina que suliveya a las pieles femeninas. Como un extracto de “energía” que electriza las emociones, dando sentido a esos primeros rayos de sol.

Flowerpower Ibiza de Ramón Monegal, el embrujo pitiuso
Monegal, el apellido con más pedigrí de la perfumería española artística, se ha centrado en la isla pitiusa para evocar el lado del verano más bohemio, libertino y ensoñador con su colección Ibiza. Una representación olfativa de elementos emblemáticos de la contracultura de los 60 que pronto se instalaron en la isla impregnándola de sus aires bohemios. Uno de esos emblemas: el “Flower Power”, un término acuñado en 1965 por el poeta Allen Ginsberg, para hacer alusión a masas de flores concentradas en la línea del frente de la guerra de Vietnam, un verdadero espectáculo visual para reivindicar la paz y la libertad.
Psicodelia, flores hipnóticas de colores brillantes y pachulí, mucho pachulí (dicen que lo utilizaban para enmascarar el constante olor a la marihuana que fumaban), se convirtieron en insignias de una generación que, por su impacto en la sociedad de la época, perpetuaron su impronta como herencia de huella indeleble. Ibiza se siente hippie y el verano invita a venerar esas flores imaginarias, vívidas, fragantes y amortiguadoras emocionales, como las ideadas por Ramón Monegal para este perfume.
Una composición engañosamente inocente, floral y chispeante en su salida (bayas, fresa, pimienta), que viaja hacia matices insospechados en su secado (pachulí, vainilla, estoraque) y ese tono inconfundible del sello olfativo Monegal. Flowerpower es el enlace perfecto para conectarse con el embrujo del estío en sus horas centrales, antes de que los cielos purpúreos hagan su aparición y la intensidad aromática se imponga. Un perfume que, en palabras del propio Ramón “precede a la presencia y permanece en la ausencia”.

Aqua Allegoria Florabloom de Guerlain, un explosión hipnótica
Y si hablamos de verano, no puede faltar algún espécimen de la colección Aqua Allegoria de la maison Guerlain. El eterno romance por las aguas florales que esta vez va dedicada a una de las más sensuales e hipnóticas del plantel níveo: el nardo o tuberosa, la flor blanca que comparte con el jazmín esa propensión a la excitación sensorial y el deleite nasal. Florabloom, sin embargo, se muestra timorato. Alejado de la lujuria indólica de otras grandes creaciones como Fracas de Robert Piguet, orquestado por la visionaria Germaine Cellier, que causó un gran impacto en su lanzamiento (1948) por la alta concentración de absoluto de tuberosa.
Florabloom, sin embargo, está muy estudiada. Hasta el punto de considerarse como “la reinvención del nardo” por incorporar diversas facetas de la flor: en formato absoluto, más denso y concentrado; en su versión extracción con CO2 de nardo de India, fiel a la fragancia del nardo en estado silvestre; y una pomada de manteca vegetal de Grasse obtenida por “enfleurage” y de la deliciosa fusión entre nardo y mango. Tres técnicas que magnifican –aún más– los increíbles matices de esta bella flor emblema de la perfumería.
Con todo, Florabloom no abruma ni impone. Se abre floral y chispeante sin ser invasiva ni penetrante. Pretende fusionar el aroma del nardo bañado por el sol del atardecer con la faceta carnal de la rosa Centifolia de Grasse, impregnada con las facetas empolvadas del lirio y la violeta. Florabloom se mantiene en la línea de sus compañeras de colección, absolutamente oportunas para el estío. Una composición acertada si recordamos que la tuberosa rememora el atardecer y una piel cálida. De hecho, es al ocaso cuando despliega toda su magia, su poder botánico, volviéndose absolutamente hipnótica.

Queen of Silk de House of Creed, la suave seda vespertina
Queen of Silk teje su estela de confín a confín, como antiguamente se trazaban las rutas comerciales del suntuoso tejido al que rinde homenaje. Osmanthus y cedro de China, Magnolia de Asia, Pachulí de Java y vainilla de Madagascar. Una escala imprescindible en esta ruta estival que parece tender un puente entre la tuberosa del precedente y la exquisita vainilla del siguiente. Una parada olfativa en una prometedora tarde de verano donde el degradé de tonos ocres, sonrosados y purpúreos anuncian el declive del día, ese momento puramente emocional y ritual al ver caer y esconderse el sol, para dar la bienvenida al satélite nocturno.
Queen of Silk es complejo de definir. Es exuberante y delicado al mismo tiempo. Su apertura juega con la dualidad de la dulzura floral y la rotundidad terrosa del pachulí. Es ultra femenino e híper masculino al mismo tiempo. Una hipérbole olfativa. Aunque no parece pertenecer a nadie. Se basta y se sobra por sí mismo para erigirse como una sacerdotisa de túnicas de satén púrpura, poderosa, arrulladora, que te seduce sin apenas darte cuenta.

Accident à la Vanille Madeleine de Proust de Jousset, el nuevo gourmand nocturno
Dicen que la pandemia despertó nuestro anhelo por aromas que evocaran la calma, el bienestar, la sensación de euforia. Emociones aniquiladas de un plumazo por una incertidumbre que caló en lo más hondo del ser. Así las notas “gourmand” se rescataron del pasado, de una década, la de los 80, marcada por el exceso, que ensalzó lo azucarado hasta hacerlo empalagoso. Pero el nuevo gourmand es más sosegado. Es menos goloso y más gourmet, más adictivo y placentero. Más cercano a una exquisita crème brûlée que a unas delicias turcas almibaradas. Porque el nuevo gourmand parece inspirarse en la ancestral repostería francesa que trabaja con absoluta precisión y maestría las vainillas, la mantequilla o los confitados.
Accident à la Vanille Madeleine de Proust de Jousset tiene una apertura exquisita, como a unas delicadas capas de galleta de almendra con jugosos gajos de melocotón. Porque huele a eso, a galleta, a melocotón, a vainilla ligera. No en vano, esta versión es una declinación de su compañera de colección “Accident à la Vanille” por hacer honor a la “Madeleine”, no solo a la de Proust, sino al clásico postre francés repleto de almendra, para evocar esos recuerdos del hogar y la felicidad escondida en la simplicidad, de la infancia y la cocina francesa, de los hornos humeantes y el rico olor al azúcar tostada. La dulce reminiscencia de la niñez atesorada en un frasco.
Su gustosa pirámide olfativa: durazno, albaricoque, coco, almendra, mantequilla y vainilla, podría excitar más al sentido del gusto que del olfato, porque resulta absolutamente adictiva. Tan adictiva, que la firma ha ideado una colección completa centrada en el “nuevo gourmand” con exquisiteces como Gourmand Bakhoor (leche, miel, caramelo, bakhoor, vainilla y chocolate), Le Gourmand (pan tostado con mantequilla, masa de galletas recién horneadas, crema de chocolate y avellanas) o Delicious Black Powder (cacao, vainilla y haba tonka), verdaderos señuelos para estimular el placer sensorial en una cálida noche de verano…
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