Cuando en 1975 el diseñador de moda Halston decidió incorporar un 8% de Iso-E-Super a su primer perfume, no era consciente de la revolución que causaría. Por lo demás, era una fragancia clásica, con su corazón floral de rosa y su base terrosa de pachulí, muy en la línea de los chipres florales que dominaron las décadas precedentes. Pero había algo inquietante en ese perfume que era como un imán para quien lo olía. Dejaba una estela muy personal, carnal, seductora, algo que no se podía explicar con palabras.
Después, los perfumistas descubrieron que se podía añadir sin miedo pues había incluso quienes no la percibían, la sobredosis de Iso e Super no solo no dominaba la fórmula, sino que resultaba altamente adictiva. En perfumería lo denominan “efecto fantasma”, debido a su alto peso molecular, satura rápidamente los receptores olfativos haciendo que no se sienta. Es como si apareciese y desapareciese en ráfagas, en un constante ir y venir, un coqueteo sensorial que te impulsa a buscarlo, a acercarte más para volver a percibirlo. Como una droga olfativa.
Piel limpia, el objetivo de la seducción olfativa
Fue un momento propenso a las notas cristalinas, casi transparentes que evocaban frescura y limpieza. Los almizcles policíclicos o “blancos” (Musk), venían arrasando desde los 60, aportando esa sensación de lavandería, de paños de lino recién enjabonados que tan bien casaba con la propia química de la piel. Esa sensación cristalina, almidonada, poco a poco se fue imponiendo en una sociedad donde la mujer emergía con su nuevo papel, independiente y autoconfidente, con sus ansias de libertad, de frescura y expansión.
Tan expansiva como los aldehídos que ya inauguraron los comienzos del siglo veinte y supusieron una auténtica revolución para la perfumería. Aquellos aldehídos casi decimonónicos aportaban todo lo que la mujer de los setenta anhelaba: frescura, transparencia, con esos matices asépticos, casi metálicos, inexplicables. El problema: su alta volatibilidad los hacía desaparecer según se pulverizaba la fragancia. Algo que solucionaron los “Musk” que, bien emparejados, componían la alianza maestra, la alta densidad de los almizcles se anclaban a la base, enganchando a los aldehídos para que no se escaparan tan rápido. Un matrimonio intachable.

El hedonismo embotellado
La respuesta comercial a la Iso e Super de IFF, fue la Hedione (metil dihidrojasmonato), de Firmenich, creada en 1960 pero difundida comercialmente a principios de los 70. Se podría decir que es la parte más aérea y sutil del arbusto de jazmín al anochecer, “la molécula que trajo la luz y el aire a las fragancias modernas”, el jazmín que por fin le gustaría a todo el mundo, despojado de sus matices indólicos, animálicos y algo sucios. Sin embargo, es otra de esas moléculas “fantasma”, por sí sola es casi muda, inodora, pero dentro de una composición, desata su magia, interactuando con los demás ingredientes de la fórmula haciendo de “catalizador”, empujando las notas hacia fuera, proyectándolas y haciéndolas más persistentes.
Fue tan impactante que hasta se realizaron estudios científicos que concluyeron confirmando que la Hedione (hedonismo), era una de esas pocas sustancias químicas capaz de estimular el hipotálamo, despertando la atracción y esa sensación de magnetismo inconsciente de quien lo huele hacia quien lo porta. Se convirtieron en moléculas “columna vertebral”, no se percibían, pero eran pura alquimia dentro de la composición. Hasta se orquestó un acorde en torno a ellas en 1990: Grosjman o “abrázame”, ideado por la perfumista Sophia Grosjman (IFF), una combinación de Hedione, almizcles blancos (galaxolide), Iso-E-Super e iononas (Iralia). Era la combinación perfecta, un acorde envolvente, jabonoso, sensual, luminoso y absolutamente seductor. Como un filtro de amor que, integrado en cualquier fórmula, elevaría la mixtura al caché de las ofrendas en el templo de Afrodita.
Las moléculas excéntricas de Geza Schoen
Estos químicos casi imperceptibles de forma aislada, inauguraron una década donde el zen y el minimalismo imperaron, reclamando composiciones frescas, acuáticas, aireadas, salinas, minerales, etéreas pero presentes: invisibles pero subyugantes. Tenían suficiente personalidad, pero debían ir de la mano de cítricos, florales o matices amaderados. Hasta que el perfumista alemán Geza Schoen retó las narices de medio mundo haciendo un experimento olfativo en el que solo estaba presente la Iso-E-Super diluida en alcohol. Era aquella molécula que unos la olían y otros no. Misteriosa, esquiva, pero absolutamente erógena.
Schoen rompió la magia de las leyendas románticas que hasta el momento vendía el marketing de perfumes, con sus acordes voluptuosos y exóticos, proponiendo un perfume que giraba en torno a una sola molécula. Una única nota –sintética, además– que, hasta el momento, tan solo había servido de apoyo para dar ese aspecto de “segunda piel” a las fragancias. Consiguió derribar tabúes haciendo a la química la protagonista, el núcleo central de sus creaciones. Años más tarde, en 2006, dio vida a Escentric Molecules. Algo completamente marciano. Con seguidores y haters, con auténticos fanáticos y simples simpatizantes. Pero marcó un momento cuya estela se deslizó durante décadas hasta convertirse en un icono de la perfumería contemporánea.

Era la “anti-perfumería”. Minimalista, desprovista de artificios. Clara, concisa, radicalmente reductivista. Molecule 01 se lanzó “a pelo”, sin las clásicas notas de salida, corazón o fondo. Era Iso-E-Super pura, diluida en alcohol –sin más–. Le siguió Escentric 01, con sobredosis de la misma molécula (65%), pero acompañada de otros ingredientes, como cítricos, flores o maderas que realzaban su poder sensorial. Schoen siguió explorando para ver cómo se comportaba su niña bonita combinada con otras sustancias, proponiendo una “polarización olfativa”, entre lo minimal y lo opulento. Así surgió su nueva línea M+, donde experimenta con ingredientes naturales como el iris, pachulí o jengibre.
Molecule 01 + Champaca profundiza en la versión india de la magnolia que otrora se convirtió en la flor predilecta de los inciensos de los templos hindúes. De salida limpia, como un destello radiante de aspecto afrutado, algo jabonosa, como de lino recién lavado templado por el sol, para asentarse en la lascivia de una de las flores “eróticas” del elenco de Kama, la divinidad hindú del amor y el erotismo. ¿Podría haber algo más erógeno que la sensualidad carnal de la Iso-E-Super y el complejo exotismo de la champaca ancestral?
El andamiaje transparente
I Don’t Know What de D.S. & Durga, es como un velo etéreo, seco y radiante que se funde con la química de la piel. “Una fórmula secreta que no pretende imponerse, sino exaltar”, aseguran desde la marca, tan generoso como para realzar cualquier fragancia, tan sugestivo como una caricia si se lleva solo. También basado en la Iso E Super, y acompañado de otras moléculas igualmente carnales como almizcles y ambroxán, I Don’t Know What se erige sobre una estructura molecular transparente, comportándose como un verdadero camaleón olfativo, no se impone, pero siempre está presente.
Las reseñas globales coinciden: es la base perfecta para triunfar en el layering o superposición de fragancias, esa técnica ancestral heredada de la cultura árabe tan de moda en la actualidad. Aporta cuerpo y expansión además de proyección y fijación. Es el cimiento perfecto sobre el que armar combinaciones personales e inéditas de estela sumamente erógena.

Skin scent de “alta costura”
Invisible but Cool de Monegal Perfumes es el paradigma de la sensualidad epidérmica llevada a fragancia sin recurrir 100% a los químicos. Es casi una composición aristocrática, ultra pulcra, absolutamente luminosa. Es de esas elecciones matutinas magistrales cuando se quiere abrazar el bienestar a la mínima pulverización. Para ello se sirve de la flor de violeta como columna vertebral, con su sutileza señorial y empolvada que funde tan bien con el pH de la piel.
De salida chispeante con su estallido cítrico sin ser demasiado ácido (bergamota y naranja dulce), pronto va evolucionando hacia un corazón más romántico con nerolí y jazmín, que reposa sobre el confort de la yerba mate, de tonalidades similares al té, la sensualidad cremosa del sándalo y la terrosidad arraigante del musgo de encina. Con todo, Invisible but Cool es algo engañosa, parece comportarse como un agua de colonia de alta gama que termina seduciendo como un perfume de alto rendimiento y marcada durabilidad que reaparece elegante con el movimiento y el calor corporal. 100% carisma.
Deja una respuesta